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Ius Canonicum - Derecho Canónico - Otros discursos del Romano Pontífice

Discurso del Santo Padre Francisco
a los participantes en la Plenaria del Supremo
Tribunal de la Signatura Apostólica

Sala Clementina
Viernes, 8 de noviembre de 2013

Señores Cardenales
Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio
Queridos hermanos y hermanas

Vuestra sesión plenaria me da la oportunidad de recibiros a todos vosotros, que trabajáis en el Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica, expresando a cada uno mi reconocimiento por la promoción de la recta administración de la justicia en la Iglesia. Os saludo cordialmente, y agradezco al Cardenal Prefecto por las palabras con que ha introducido nuestro encuentro.

Vuestra actividad se dirige a favorecer la obra de los Tribunales eclesiásticos, llamados a responder adecuadamente a los fieles que acuden a la justicia de la Iglesia para obtener una justa decisión. Os esforzáis para que funcionen bien, y sostenéis la responsabilidad de los Obispos al formar ministros idóneos de la justicia. Entre ellos, el Defensor del vínculo desarrolla una función importante, especialmente en el proceso de nulidad matrimonial. Es necesario, de hecho, que este pueda cumplir su propia parte con eficacia, para facilitar que se llegue a la verdad en la sentencia definitiva, a favor del bien pastoral de las partes en la causa.

El Papa FranciscoEn este sentido, la Signatura Apostólica ha ofrecido significativas contribuciones. Pienso en particular en la colaboración en la preparación de la Instrucción Dignitas connubii, que reúne normas procesales aplicativas. En esta línea se sitúa también la presente Sesión plenaria, que ha colocado en el centro de sus trabajos la promoción de una eficaz defensa del vínculo matrimonial en los procesos canónicos de nulidad.

La atención dirigida al ministerio del Defensor del vínculo es sin duda oportuna, porque su presencia y su intervención son obligatorias en todo el desarrollo del proceso (cfr. Dignitas connubii, 56, 1-2; 279, 1). Del mismo modo se prevé que deba proponer todo tipo de pruebas, excepciones, recursos y apelaciones que, en el respeto a la verdad, favorezcan la defensa del vínculo.

La Instrucción citada describe, en particular, el papel del Defensor del vínculo en las causas de nulidad por incapacidad psíquica, que en algunos Tribunales constituyen el capítulo único de nulidad. Subraya la diligencia que debe poner al valorar las peticiones dirigidas a los peritos, así como los resultados de las mismas pericias (cfr 56, 4). Por lo tanto, el Defensor del vínculo que quiere prestar un buen servicio no puede limitarse a una apresurada lectura de las actas, ni a respuestas burocráticas y genéricas. En su delicada función, él está llamado a intentar armonizar las prescripciones del Código de Derecho Canónico con las concretas situaciones de la Iglesia y de la sociedad.

El cumplimiento fiel y pleno de la tarea del Defensor del vínculo no constituye una pretensión lesiva de la prerrogativas del juez eclesiástico, al cual únicamente compete la definición de la causa. Cuando el Defensor del vínculo ejercita el deber de apelar, también a la Rota Romana, contra una decisión que considera lesiva de la verdad del vínculo, su función no anula la del juez. Es más, los jueces pueden encontrar en la cuidadosa obra de quien defiende el vínculo matrimonial una ayuda a la propia actividad.

El Concilio Vaticano II ha definido a la Iglesia como comunión. En esta perspectiva se deben ver tanto el servicio del Defensor del vínculo como la consideración que a él está reservada, en un respetuoso y atento diálogo.

Una última anotación, muy importante, para cuanto se refiere a los operadores comprometidos en el ministerio de la justicia eclesial. Ellos obran en nombre de la Iglesia, son parte de la Iglesia. Por tanto, es necesario tener siempre vivo el recuerdo entre la acción de la Iglesia que evangeliza y la acción de la Iglesia que administra la justicia. El servicio a la justicia es un compromiso de vida apostólica: necesita ser ejercitado teniendo fija la mirada al icono del Buen Pastor, que se inclina hacia la oveja perdida y herida.

Como conclusión de este encuentro, os animo a todos vosotros a perseverar en la búsqueda de un ejercicio limpio y recto de la justicia en la Iglesia, en respuesta a los legítimos deseos que los fieles dirigen a los pastores, especialmente cuando con confianza piden aclarar con autoridad el propio status. Que María Santísima, que invocamos con el título de Speculum iustitiae, os ayude a vosotros y a toda la Iglesia a caminar en la vía de la justicia, que es la primera forma de caridad. ¡Gracias y buen trabajo!

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